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Estación de combustible
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Me despertó el sonido impertinente de la
alarma que programé en mi teléfono móvil, sus pitos insistentes y cada vez más
intensos hicieron que me sobresaltara y la tranquilidad de mi lecho se
convirtiera en espejismo, son las 3 a.m. y en Venezuela surtir gasolina es toda
una proeza. Si te acercas a cualquier estación de combustible durante el día,
las colas pueden ser kilométricas, con mucha suerte debes resignarte a pasar
tres o cuatro horas con casi cien carros haciendo fila delante de ti. En mi
caso desde hace días decidí surtir combustible de madrugada, horario en que comúnmente
duermen los ciudadanos comunes y solo los superhombres se atreven a tal
empresa.
Luego de dos tazas bien cargadas de café
negro y un cigarrillo, salí de mi hogar con destino incierto, con la esperanza
de conseguir una bomba abierta y pocos vehículos esperando surtir. Casi siempre
voy a la misma, en primer lugar por quedarme cerca de la casa y en segundo
lugar por la amable atención que brinda Ruperto, el señor que labora en el
turno de la madrugada como bombero, título que se le da en mi país a quienes
trabajan atendiendo las estaciones de combustible, en otros se conoce como
despachador, técnico, gasolinero o surtidor.
La madrugada es fría y solitaria, mi
vehículo surca las calles cual lobo estepario, sin testigos de mi tránsito más
allá de los gatos, perros y alimañas nocturnas. A lo lejos logro distinguir la
estación de combustible, “la bomba”, como también se le conoce, observo una
pequeña luz encendida a diferencia de la usual iluminación en días anteriores,
conforme me acerco puedo detallar que no hay vehículos haciendo fila ni tampoco
se encuentra en el sitio la patrulla de la policía que normalmente le brinda
seguridad en dicho horario, ya casi resuelto por abandonar mi idea de continuar
acercándome, logro ver la figura de un hombre sentado en la isla de los
surtidores con su usual camisa y gorra roja, “debe ser Ruperto”, me dije
mentalmente, al tiempo de que me invadía la alegría de no haber perdido mi
tiempo madrugando.
Ingresé con mi vehículo en la estación, aún
desconcertado por su falta de iluminación y me detuve en la isla frente a los
surtidores donde se encontraba sentado Ruperto.
-Buenas noches Ruperto, siempre trabajando
como de costumbre –le dije a manera de saludo y cortesía.
-¡Manuel, caramba!, me asustaste, estoy tan
distraído que ni me di cuenta de que llegaste con tu carro –me dijo sin
levantarse ni extenderme su mano a manera de saludo como acostumbraba hacerlo.
-¿Qué te ocurre?, te veo pensativo, hasta
podría decir que triste –le dije al percatarme que no se levantaba de su cómodo
asiento en el concreto de la isla.
-Es que me agarraste pensativo, ¿sabes?, a
veces el hombre necesita un espacio propio para sus reflexiones, ¿tú lo haces?
-Pues sí, diría que muy a menudo mientras
fumo un cigarrillo en el jardín de mi casa o antes de entregarme en los brazos
de Morfeo por las noches –le respondí.
-Hazme un favor Manuel, sírvete la gasolina
que necesites, no tengo animo de levantarme, no sé qué me pasa, lo cierto es
que hoy nos habían dado el día libre y mira donde estoy, trabajando como un
esclavo.
-Tranquilo, no faltaba más, voy a echarle
treinta litros a mi vehículo, con eso creo que se llena.
Y sin perder el tiempo, cosa que no se debe
hacer a esas horas de la madrugada y mucho menos en la soledad de una ciudad
que duerme, coloqué el pico a la entrada del tanque de gasolina y apreté con
fuerza la pistola, al tiempo que observaba a Ruperto cual pensador de Rodin,
sumergido quizás en un mundo filosófico y cargado de profundas reflexiones.
-Estoy listo Ruperto, déjame sacar el
dinero de la cartera, dame vuelto para veinte dólares por favor -le indiqué al
tiempo de comenzar a revisar mis pertenencias.
-No te preocupes, observa que estamos
solos, tomate tu tiempo mi estimado amigo.
-¡Rayos, que pena me da! –exclame desconcertado.
-¿Qué te ocurre? –me preguntó Ruperto desde
su lugar de reflexión.
-Se me ha quedado la cartera en la casa, es
que salí casi dormido a pesar de las tazas de café que me tomé –le respondí sin
ocultar mi asombro por lo ocurrido.
-Tranquilo Manuel, esas cosas pasan,
finalmente somos humanos y no somos perfectos, somos perfectibles, que no es lo
mismo ni se escribe igual, ¿sabes eso?
-Pues más o menos, explícame tu teoría.
-Perfectible significa que es sensible de
ser mejorado, no somos perfectos, pero podemos mejorar, al menos mientras
estemos vivos, luego de eso ya no hay chance de nada, solo de entregar cuentas,
asunto que sospecho estoy por hacer en cualquier momento –me dijo Ruperto.
-¡Por favor Ruperto, no seas majadero! –Exclamé-,
tampoco eres tan viejo.
-Son más de setenta vueltas al sol, así que
no me hago ilusiones.
-Déjate de cosas raras, mira, voy hasta mi
casa y regreso con el dinero –le dije nervioso y apenado por lo ocurrido.
-Deja eso para mañana, pasa por aquí a eso
de las 10 a.m., preguntas por el administrador de la bomba y le dices que eres
Manuel, yo le dejo un papel con tu caso anotado.
-¡Caramba Ruperto, siempre me sorprendes
con tu gran amabilidad, mañana sin falta vengo con el dinero.
Al regresar a mi hogar caí rendido
nuevamente en mi lecho, dormí profundo y relajado, al punto de despertarme con
los rayos del sol entrando por la ventana y sorprendiéndome el nuevo día.
Durante el desayuno le comenté a mi mujer lo amable que fue Ruperto al
permitirme regresar durante el transcurso de la mañana y no hacerme devolver
por el dinero a esa hora de la madrugada.
Aproximándose la hora indicada por Ruperto,
me acerqué hasta la estación de combustible, sorprendiéndome nuevamente la
falta de vehículos haciendo fila para surtir y la soledad de las islas en donde
se encuentran los surtidores, sin embargo y confiando en las palabras de mi
amigo el bombero, detuve mi vehículo nuevamente dentro de la estación y me
acerqué hasta la oficina del administrador, quien sí se encontraba en su puesto
de trabajo.
-Buenos días –irrumpí saludando al ingresar
en la oficina.
-Buenos días, ¿en qué puedo servirle? –me preguntó
el administrador, de quien desconozco el nombre por no haber tenido nunca trato
con su persona.
-El señor Ruperto me dijo que viniera en
este horario a cancelar un combustible.
-Estamos cerrados, hoy no vamos a surtir a
ningún vehículo –se adelantó a responderme.
-Creo que no me entiende, soy Manuel,
Ruperto debió dejar una nota para usted sobre mi caso, yo surtí esta madrugada
y le quedé debiendo el dinero.
-Eso es imposible señor –me interrumpió.
-Claro que sí, pregúntele a Ruperto, llámelo
por teléfono –le insistí.
-Tampoco puedo llamarlo, ¿es que usted no
sabe?, Ruperto falleció ayer en horas de la tarde, por tal motivo no abrimos ni
prestamos servicio durante la noche y como ve, le di el día libre a todo el
personal para que puedan asistir a su velorio.
-¡Santo Dios! –exclamé al tiempo que me
sentaba y sentía vapores y mareos recorriendo mi nublada mente.
-¿Se siente bien?, ¿Cómo me dijo que se
llamaba usted, Manuel?
-Sí, soy Manuel.
-Ahora que recuerdo conseguí un papel en mi
escritorio, una nota aparentemente escrita por Ruperto, es su letra –me dijo el
administrador.
-¿Y qué dice? –le pregunte con temor y
curiosidad.
-Que la gasolina suya la cobre de su
sueldo, como regalo a un buen amigo.
Muchas fueron las personas que acudieron al
funeral de Ruperto, vivía solo con un perro y un gato que adoptaron sus vecinos
al enterarse de su deceso, en la funeraria se dieron cita algunos familiares de
los escasos que tenía, vecinos, amigos y decenas de clientes que siempre
atendía con una sonrisa en su cara y dando grandes lecciones de humanismo.
Ahora les confieso que Ruperto no existe,
ni fui atendido por un fantasma, hoy en la madrugada y durante las dos horas de
espera haciendo fila para surtir combustible se me ocurrió esta historia, cuéntame,
¿se te ocurren estas cosas mientras tienes una larga espera?
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